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El sueño del Presidente Legítimo de México

Sentarse en la Silla, calzarse la banda tricolor, convertirse en El-Señor-Presidente-de-la-República. Tener ese inmenso poder que tan pocos han tenido (veinte en los últimos 100 años) y ser Historia. Era el sueño de Andrés, el ser más ambicioso y obcecado por llegar a la presidencia que México haya visto jamás. La estrecha derrota de 2006 lo presentó al desnudo: dispuesto a dar un golpe de Estado con sus huestes ocupando el Congreso, diseñando la opereta de proclamarse “Presidente Legítimo de México” en el Zócalo. El lobo autoritario con la piel de oveja del demócrata.

Ese disfraz regresó en 2012, y fue exitoso seis años más tarde. La culminación del periplo de 14 años, sin duda el candidato presidencial que más recorrió el país, que pisó rancherías y plazas de pueblo que ningún político nacional consideró siquiera visitar buscando el voto.

Pero esos lugares no dejaron huella. Contempló la pobreza, pero no la vio; escuchó, pero no comprendió. Sin asesores o expertos entonces o ahora, maduró una serie de diagnósticos errados para los que diseñó estrategias igualmente equivocadas. Eso sí, con la virtud de la fácil comprensión para las masas a las que nunca se cansó de martillar con sus palabras. Hasta el día de hoy, con las mañaneras, la pasión por el micrófono, el gusto por el sermón empotrado en incesantes monólogos. La convicción de que hablar es gobernar.

El conjunto de las soluciones fáciles era para desatar la risa del político más cínico sobre la inteligencia colectiva del electorado. ¿Violencia sin control? Abrazos, no balazos. ¿Corrupción desenfrenada? Desaparecerá desde el primer día gracias a un Presidente honrado. ¿El acceso a la salud? Un sistema como Dinamarca, con tratamientos, medicinas y consultas gratuitos. ¿Dinero para esos proyectos? Austeridad republicana y cero corrupción. Y siempre la cantaleta: primero los pobres.

Al simplismo, los símbolos que obnubilaron a tantos: vender el avión, cerrar Los Pinos, vivir en Palacio. El contraste con la corrupción y la suntuosidad peñista creó la ilusión y trajo muchos votos.

Andrés ahora vive intensamente su sueño. Todo problema de la República está siendo atendido con el singular tino de sus pensamientos ahora hechos acción. Los Secretarios de Estado son simples correas de transmisión. Ya lo demostró desde la renuncia del primer titular de Hacienda: al que no le guste, que se vaya, que siempre habrá personas sin capacidad, pero sí lealtad, de las cuales poder echar mano.

La pesadilla, que Andrés no ve, como si cada día se calzara unos anteojos de realidad virtual. Los millones de nuevos pobres que se han agregado a los ya existentes, los cientos de miles de muertos por pandemia, otras enfermedades o por la incesante violencia. Los hambrientos sin comedores comunitarios o madres sin estancias infantiles, los niños sin quimioterapias, todo para extraer y refinar petróleo. Las raterías de aquellos que lo rodean, y que han mostrado que el inquilino de Palacio es entusiasta promotor de la corrupción. Solo hay una condición: gritar a los cuatro vientos que uno es honrado. Ahí sí, predica con el ejemplo.

Andrés es feliz, rara vez su sueño perturbado por denuncias en pasquines inmundos o esas redes sociales ahora malditas. Despojado de su piel democrática, un demagogo autoritario y mesiánico. Así seguirá, mientras aquellos que no son familiares o colaboradores siguen viviendo y muriendo en una pesadilla que ningún pueblo merece.

Opinión de Sergio Negrete Cárdenas, a través de elfinanciero.com.mx

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